En el balance amargo de mis desventuras
apareces tú como una deuda eterna:
debo el corazón, las emociones,
el desamor y las melancolías.
Adeudo perdón
y sobretodo olvido.
Adeudo soledad
-mi gran regalo-,
te debo la eternidad
de la existencia
que te ofrecí
lanzándome al vacio.
De patrimonio sólo queda tu recuerdo,
las rutas en la piel y en la memoria,
las manos vacias, los ojos deshauciados
y el vuelo moribundo de cuervos y palomas.
Poniendo en orden las cuentas de mi vida
es evidente que me queda poco:
silencios, lágrimas y despedidas...
y en el amor, un saldo en rojo.
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