Hoy no he querido levantarme de la cama. He decidido quedarme a mirar cómo la luz del día se va filtrando pesadamente por las cortinas y va colmando la habitación con la evidencia de la existencia, incluso la mía propia. He quedado solo mirando detenidamente cómo poco a poco se va haciendo la mañana. Tal vez esta sea la única certeza que tenga para el día. He decidido pues, que no iré a trabajar.
Aunque no todo ha ido como quisiera, por un día de ausencia no ha de pasar mayor cosa; además, últimamente he sentido un leve malestar. No he podido ubicarlo en un lugar determinado, pero es posible que se halle entre el corazón y la conciencia; es como un dolor que no duele, como una pregunta o como una despedida.
Mientras dejo que mis ojos que se vayan adaptando a la luz que va entrando sigilosamente por la ventana, mi cabeza empieza a traerme los recuerdos, incluso aquellos que ya no me habitan. He olvidado, por ejemplo, la ultima vez que lloré de rabia o de alegría; aunque aun no he borrado de la memoria, las lágrimas -que sin ser mías-, han marcado mi destino. Esas lágrimas van cayendo por un rostro anónimo y van limpiando dolorosamente el espíritu, van arrancando de tajo las raíces podridas, van dejando una huella fresca y van cincelando el alma, llenándola de caminos inciertos y pedregosos, por donde seguirá transitando la vida, los sueños, más derrotas y más lágrimas.
Cierro los ojos. Por un momento me sumerjo en mi mismo. Pienso que no supe cuando me convertí en dos seres tan distintos, que no he podido establecer a ciencia cierta por qué razones he resultado ser dos hombres diferentes: uno, el que se muestra afuera, confiado, dulce, generoso, y el otro, el de adentro, el incierto, el sombrío. Esa dicotomía me ha generado silencios, mariposas y preguntas. No sé cómo puedo verme tan sereno frente a las desesperanzas y las ilusiones y al mismo tiempo dudar de todo: hasta del amor. Sobretodo del amor. No sé cuando empezó este laberinto y en que momento, el extravío hizo parte del camino. No supe cuando llegué al límite, donde seguir fue más fácil que intentar el retorno, pues esto era casi imposible.
No he podido entender como me fui quedando solo: sin ella, sin ti y sin mí, porque yo ya no sé dónde estoy. Este malestar me esta matando. A veces creo que voy a enloquecer y a gritar cada vez que la miro y veo mi reflejo en sus ojos tan llenos de amor y de tristeza. Es terrible. Creo que voy a explotar, no puedo soportarlo: tú en mi cabeza, llevándome al límite mismo de la locura, y ella en frente mío, mientras sonrío estúpidamente. Me estoy ahogando, me voy muriendo poco a poco y en silencio. Me estoy quedando solo, sin ella, sin ti y sin el amor, pues él hace parte de los sueños absurdos y yo he vivido en las realidades aparentes.
Aunque no todo ha ido como quisiera, por un día de ausencia no ha de pasar mayor cosa; además, últimamente he sentido un leve malestar. No he podido ubicarlo en un lugar determinado, pero es posible que se halle entre el corazón y la conciencia; es como un dolor que no duele, como una pregunta o como una despedida.
Mientras dejo que mis ojos que se vayan adaptando a la luz que va entrando sigilosamente por la ventana, mi cabeza empieza a traerme los recuerdos, incluso aquellos que ya no me habitan. He olvidado, por ejemplo, la ultima vez que lloré de rabia o de alegría; aunque aun no he borrado de la memoria, las lágrimas -que sin ser mías-, han marcado mi destino. Esas lágrimas van cayendo por un rostro anónimo y van limpiando dolorosamente el espíritu, van arrancando de tajo las raíces podridas, van dejando una huella fresca y van cincelando el alma, llenándola de caminos inciertos y pedregosos, por donde seguirá transitando la vida, los sueños, más derrotas y más lágrimas.
Cierro los ojos. Por un momento me sumerjo en mi mismo. Pienso que no supe cuando me convertí en dos seres tan distintos, que no he podido establecer a ciencia cierta por qué razones he resultado ser dos hombres diferentes: uno, el que se muestra afuera, confiado, dulce, generoso, y el otro, el de adentro, el incierto, el sombrío. Esa dicotomía me ha generado silencios, mariposas y preguntas. No sé cómo puedo verme tan sereno frente a las desesperanzas y las ilusiones y al mismo tiempo dudar de todo: hasta del amor. Sobretodo del amor. No sé cuando empezó este laberinto y en que momento, el extravío hizo parte del camino. No supe cuando llegué al límite, donde seguir fue más fácil que intentar el retorno, pues esto era casi imposible.
No he podido entender como me fui quedando solo: sin ella, sin ti y sin mí, porque yo ya no sé dónde estoy. Este malestar me esta matando. A veces creo que voy a enloquecer y a gritar cada vez que la miro y veo mi reflejo en sus ojos tan llenos de amor y de tristeza. Es terrible. Creo que voy a explotar, no puedo soportarlo: tú en mi cabeza, llevándome al límite mismo de la locura, y ella en frente mío, mientras sonrío estúpidamente. Me estoy ahogando, me voy muriendo poco a poco y en silencio. Me estoy quedando solo, sin ella, sin ti y sin el amor, pues él hace parte de los sueños absurdos y yo he vivido en las realidades aparentes.
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